María es la verdadera Madre de Dios. Ella fue escogida desde la eternidad por el Padre Celestial. Su vocación, su inefable misión le viene de Dios, no de Ella misma. Todo en María es puesto por Dios. Por no tener pecado, Ella no hizo nunca su voluntad, sino que Dios pudo obrar en Ella sin obstáculos. No hay nada en María que desagardara a Dios.
La Virgen María fue elegida para que el Padre formara un cuerpo a su Hijo. Para eso, antes formó un cuerpo a la Madre. Y, por eso, decimos que desde toda la eternidad María ha salido del divino Pensamiento del Padre. Porque desde siempre el Padre pensó que su Hijo se iba a encarnar en una Mujer.
Esta Mujer debió existir en el Pensamiento del Padre desde toda la eternidad, pues su Hijo es Eterno, es engendrado eternamente por el Padre.
Por eso, el Verbo siempre ha contemplado a su Madre. Desde siempre ha visto en Ella cómo se realiza su Encarnación. Desde toda la eternidad el Hijo se ha visto en su Madre, como Hijo de su Madre. Y cuando llego el tiempo, Dios se hizo Hijo de María.
El Espíritu Santo también desde toda la eternidad ha contemplado Su Amor en su Esposa. Un Amor que la ha hecho Madre sin ninguna intervención del hombre. Él es desde siempre el Esposo divino de la Virgen María.
María, siendo Madre de Dios, se convierte para nosotros en una esperanza. María fue Madre pobre y humilde para la primera venida del Hijo. Hoy es para nosotros una Madre gloriosa y potente, que está preparando la segunda venida de su Hijo. Su maternidad se ejerce en preparar este acontecimiento: Jesús vuelve a la tierra en Gloria. Esto significa que se está preparando el mayor triunfo de Dios: el retorno de Jesucristo en gloria.
Y esta es nuestra esperanza. No tenemos otra. Después de ver tanto mal en el mundo, no podemos estar tristes, desanimarnos, decir que Dios ha olvidado a los suyos. La Cruz es una victoria sobre el Mal. Y ese triunfo debe manifestarse con la culminación de la segunda venida gloriosa de Jesús.
La Misión de María es la de abrirnos la puerta de una nueva era: la era en que Jesús estará con los suyos reinando gloriosamente en la tierra.
Por eso, María nos va conduciendo hacia los nuevos cielos y la nueva tierra. Para hacer esto, Ella debe vencer a Satanás y a toda fuerza del mal, para que Dios pueda obtener en el mundo su mayor triunfo.
Por eso, el rezo del Santo Rosario es esencial para la victoria de María sobre Satanás. Es el arma que vence a Satanás. El demonio nunca podrá nada contra la Virgen, porque no pudo nada en su Concepción Inmaculada.
Nuestra esperanza es que María es nuestra Madre, Madre de toda la humanidad. Y como Madre ha seguido siempre a sus hijos en todo el curso de la historia humana. En estos últimos tiempo, María es más Madre porque sus hijos son más esclavos de los Espíritus del mal. Su maternidad refleja la Misericordia divina, que se da con el fin de salvar a los pecadores.
Satanás triunfa hoy. Ha conducido a toda la humanidad al rechazo de Dios y así la ha vuelto súbdita de su dominio maligno. Los hombres sufrimos a causa de este dominio
perverso. Sufrimos a causa del demonio. Es un sufrimiento espiritual, que va a lo íntimo del corazón del hombre. un sufrimiento que no puede quitarse con medicinas, sino sólo con exorcismos, con liberaciones, atando los demonios para que no sigan haciendo el mal.
Hoy los sacerdotes se han olvidado de exorcizar, de liberar, de sanar los corazones. No ponen en práctica el Evangelio de Jesucristo. Creen que siguiendo la ciencia humana, todos se van a curar, todos se van a liberar. Han puesto los medios de salvación en las ciencias humanas, en las palabras humanas, en razonamientos humanos, pero se han olvidado de la Palabra divina, que es Jesucristo. Por eso, Satanás triunfa, porque
no encuentra oposición. La oposición al Mal la deben realizar los sacerdotes. Y hay tan pocos que sepan ver lo preternatural, la acción diabólica en las almas.
Hasta que los sacerdotes no se decidan a ser fieles a la Palabra de Dios, al Evangelio, haciendo lo que hizo Jesús con las almas que se encontraba a su paso, el Mal seguirá avanzando y, por tanto, los sufrimientos de nosotros, los hombres, irán aumentando.
Pero María es la que debe sustraernos a la escalvitud de Satanás. Y, por, eso, estamos obligados a seguir a María en esta lucha contra Satanás. Ella obtendrá el mayor triunfo sobre Satanás: «Al final Mi Corazón Inmaculado triunfará». María está luchando con sangre contra el demonio. El pecado de sus hijos la hace derramar sangre. Es una batalla a muerte, pero que tiene su triunfo sólo en la Virgen. Nuestros pecados cuestan derramar sangre a nuestra Madre. Pero Satanás será reducido por la Virgen María a la impotencia y el gran poder del mal será completamente destruido por María.
Una vez hecho esto, es cuando se producirá el retorno glorioso de Cristo. Es cuando habrá unos cielos nuevos y una nueva tierra. La tierra será entonces un nuevo paraiso, en que el Amor de Dios reinará.
Esta es nuestra esperanza, la que nos trae la Virgen María. Una esperanza que nos lleva por el camino de la purificación y de la gran tribulación.
Por el camino de la cruz, que es siempre victoria.
Ha llegado el momento en que La Virgen María se manifestará en toda su potencia. María es la aurora que precede al gran Día del Señor.
Ella es la Voz que difunde por todas partes este anuncio profético: todos debemos prepararnos para recibir a su Hijo Jesús, que ya está retornando entre nosotros sobre las nubes del cielo, en el esplendor de su Gloria divina.
La Virgen María es la verdadera Madre de Dios y Madre de toda la humanidad.
Y por ser Madre es por lo que interviene en la vida de cada uno de nosotros,
en la vida de la Iglesia y de la humanidad.
Interviene para ayudarnos a realizar la Voluntad del Padre.
Por eso, María está siempre junto a nosotros, junto a la Iglesia y a la humanidad,
para conducirnos por la senda de Dios de modo que Éste sea cada vez más glorificado.
Porque es dando gloria a Dios cómo el hombre encuentra la fuente de la alegría y de la paz.
Es la función de María, como Madre, la de llevarnos a todos a una gran comunión de vida con Dios,
para alcanzar así el amor y la paz.
Es el tiempo de la gran prueba.
Porque el demonio no quiere que se realice la Voluntad del Padre.
Por tanto, quiere llevar a cada hombre por el camino del pecado.
Por eso, toda la humanidad está en un gran peligro.
El peligro de perder la Gracia y la comunión de vida con Dios.
Hoy el pecado ya no se considera un mal; antes bien, es un valor que debe ser exaltado,
es un bien que dede ser realizado.
Hoy, a través sobre todo de los medios de comunicación, el hombre llega gradualmente a perder la conciencia del pecado como un mal.
Y así se comete más, crece más, se justifica y no se confiesa ya.
Si el hombre vive en pecado, entonces el hombre ha retornado a la esclavitud de Satanás.
Jesús nos ha liberado de esta esclavitud en el momento de la Redención.
El hombre, viviendo en pecado, está diciendo con su vida que no cree en Jesús ni en lo que Él ha hecho por su amor.
Esta esclavitud a Satanás significa que el hombre vive sometido a su poder maléfico: hoy día hay muchos hombres
amenazados por Satanás y maltratados por los Espíritus del mal.
Por tanto, esto lleva a anular el don de la Redención, el don de la Misericordia que el Padre ha otorgado en su Hijo.
Y desaparece del corazón de los hombres, de la sociedad y del mundo entero, el amor y la paz. Es decir,que el hombre
vive para el odio y la guerra, para la destrucción y elo total aniquilamiento de sí mismo y de toda idea religiosa.
El hombre, viviendo en pecado, se hace un ser enfermo. Ya no ama, porque se alimenta de odio. Y eso le hace estar enfermo.
La salud está en el amor. Pero la caridad se ha enfriado en el mundo entero, porque el hombre vive para sí mismo
y no para los demás. Se olvidó de Dios y, por tanto, del prójimo.
La Virgen María nos llama a retornar al Señor por la senda de la conversión y de la penitencia.
Nos invita a reconocer el pecado como el mal más grande,
como la fuente de todos los males individuales y sociales.
El hombre no está hecho para vivir en pecado.
Fue creado en el amor para vivir el amor.
El pecado es lo más opuesto al amor, destruye y nuca construye nada.
Es algo que va corrompiendo poco a poco a la persona humana hasta hacerla irreconocible para sí misma y para los demás.
El hombre, hoy día, no se conoce,porque no es capaz de amar ya que vive en pecado.
Sólo el que ama posee conocimiento verdadero. Se conoce a sí mismo y conoce a los demás.
El que no ama, no puede ver la luz de Dios, porque vive en las tinieblas del pecado, del odio, de la muerte.
Pero si el hombre cae en el pecado, Jesús nos ha dejado el Sacramento de la confesión. Ése es el remedio para cortar la difusión del pecado y del mal.
Como este remedio no se usa hoy día, el pecado se propaga como la enfermedad y lo contagia todo y a todos.
Sólo la confesión da al hombre, de nuevo, las fuerzas del amor perdidas y una vida de comunión con Dios.
Este es el tiempo de la gran prueba para la Iglesia.
Porque Ella también ha sido violada por los Espíritus del mal, dividida en su unidad y oscurecida en su santidad.
En la Iglesia se propaga el error: y esto la conduce a la pérdida de la verdadera fe.
Hoy en la Iglesia encontramos una apostasía que se difunde por todas partes.
Nace del pecado que se comete y que no se confiesa.
Son numerosos los Pastores que caminan en la oscuridad, sin luz de Dios,
que no saben ya hablar sin miedo del pecado, del infierno, de la muerte, de la maldad que ven en el mundo.
El estar comprometidos con el mundo les ha hecho perder la fuerza de su fe en Cristo.
Jesús vivió en el mundo pero siempre fue contra corriente.
Muchos Pastores no defienden ya a su grey de los lobos rapaces, porque ellos han dejado de amar también.
Su corazón está dividido entre muchos intereses y ya no brilla en ellos el único interés de dar gloria a Dios.
Muchas vidas sacerdotales y consagradas se han marchitado por la impureza, seducidas por el placer
y la búsqueda de la comodidad y del bienestar.
Los fieles son atraídos por las insidias de un mundo que se ha vuelto pagano, o por las innumerables sectas
que cada vez se difunden más.
Por eso, por esta falta de fe, la Iglesia será sacudida. Es la hora de su gran prueba.
Al no poseer la fuerza del amor, será abandonada por sus hijos, dividida por los cismas,
poseída y dominada por la masonería, convertida en una tiera en la que sólo puede brotar árboles malos,
como el del anticristo
Este es el tiempo de la gran prueba para toda la humanidad.
Una humanidad que está desgarrada por la violencia que se propaga, por el odio que destruye,
por las guerras que se extienden cada vez más.
Una humanidad que ve, que a pesar de su gran progreso, no es capaz de remediar grandes males, porque no hay amor en los corazones.
Sólo el amor sana, remedia, cura, libera.
Por eso, aunque los gobiernos se esfuerzan por decir que todo está bien, que no va a ver otra guerra, sin embargo estamos al borde de la tercera guerra mundial.
Vivimos en una falsa paz, dormidos en una esperanza ilusoria de un bienestar material que en el fondo lleva a la corrupción moral y espiritual.
Este alejamiento de Dios sólo puede traer para la humanidad, hambre, carestía, discordia, luchas entre hermanos y mucha sangre que debe ser derramada para aplacar la ira de Dios.
Estamos, pues, en la espera de unos tiempos dolorosos y difíciles.
Pero hay que confiar y esperar en la Madre.
Ella estará en esos tiempos junto a nosotros para ayudarnos, para defendernos, para protegernos, para consolarnos y para prepararnos nuevos días
en que todo será paz y serenidad.
La Virgen María dice continuamente en sus apariciones a lo largo de todo el mundo que estos son sus tiempos. Han llegado mis tiempos. ¿Qué son esos tiempos de los que habla la Virgen María?
Son, primero, tiempos en que la Madre Celestial da una fuerte llamada a la humanidad, a todos sus hijos en particular.
Porque el hombre se ha alejado de Dios y se ha pervertido. Y la Virgen llama para que vuelva al camino de la conversión y del encuentro con su Señor, que es Dios de Salvación.
Dios quiere la salvación de todos los hombres y está haciendo todo lo que está en su Poder, Sabiduría y Amor para rescatar a esta humanidad envuelta en su pecado de negación de Dios.
Dios es siempre Misericordia, siempre ilumina las miserias de los hombres para que nos conozcamos y podamos volver al buen camino.
Por eso, Dios ha enviado a Su Madre, para que actúe como Madre ante sus hijos que se pierden en el pecado.
Esto son los tiempos del gran llamado de la Madre, Madre de Amor y Madre de Misericordia, que llora por sus hijos que se pierden.
Y la Madre busca, en su llamado a la humanidad, instrumentos de su amor materno, para llamar a través de ellos al hombre pecador.
El mensaje de la Virgem es materno, ansioso y urgente. Ella dice que hay que volver inmediatamente al Dios de la salvación y de la paz. Porque el tiempo de conversión es corto, está a punto de terminar, todos los días están contados.
La Virgen hace un llamado al hombre para que camine por la senda del regreso al Señor si quiere ser salvado.
Hoy día la salvación no está en el progreso ni en la técnica, sino en el retorno a Dios. El hombre, con su progreso y su técnica, se ha olvidado de Dios y está construyendo una civilización de muerte, que , poco a poco, se destruye a si misma.
Por eso, la Madre tiene necesidad de voces que difundan la palabra de la Virgen. Esa palabra se está dando allí donde la Virgen se aparece. Hay que acoger esos mensajes sin miedo y llevarlos a toda la humanidad. Porque toda la humanidad se ha separado de Dios.
La Virgen necesita de mensajeros que anuncien por doquier esa preocupada llamada materna al retorno al Señor.
Este mensaje afligido de nuestra Madre es especial para estos tiempos, porque nuestros tiempos no son como los demás. Son disitntos, porque son los tiempos del gran castigo.
Los tiempos del gran castigo significan que la maldad ha llegado a su techo y, por tando, la copa de la divina Justicia está colmada, repleta y rebosante.
Con otras palabras, queda poco tiempo de Misericordia. Es decir, no es que no haya Misericordia en la Justicia Divina, sino que el tiempo de conversión se acaba porque la maldad predomina, porque el hombre no quiere convertirse, volver a Dios. Y, por tanto, crece el pecado, con un ritmo jamás visto antes, porque el hombre no desea quitar el pecado.
Dios siempre va a querer salvar a sus hijos perdidos en el pecado. Pero cuando llegue ese momento en que la maldadf toque su techo, va a ser más difícil convertirse, porque será la hora de la maldad y, por tanto, la hora de la Justicia. Esto no significa que en esa hora no va a haber Misericordia. La habrá, pero no tendrá mucho efecto, porque predominará el castigo. Si los hombres en el tiempo de Misericordia que Dios está dando no quiere convertirse, menos se va aconvertir en el tiempo de la Justicia. Será demasiado tarde para muchos. Porque los corazones se endurecen con el pecado y siempre es más difícil el retorno a Dios.
Hoy es un hecho que la iniquidad cubre toda la tierra. Que la Iglesia está oscurecida por la extensión de la apostasía y el pecado.
Y, en consecuencia, para que el Señor haga triunfar su Misericordia, debe purificar a su Iglesia y a la humanidad con su fuerte acción de justicia y de amor.
Por eso, vienen horas dolorosas y sangrientas.
Y esas horas no están lejanas. La Madre nos avisa constantemente que ese castigo está más cerca de lo que imaginamos.
Pero al hombre le cuesta creer, porque está agarrado a este mundo material que le impide ver lo espiritual.
La Madre nos invita a mirar a los que están alejados,a los más pequeños, a los pobres, a los marginados, a los perseguidos, a los drogadictos, a los que se han hecho víctimas del dominio de Satanás.
Porque la Virgen desea salvar a todos sus hijos y desea salvarlos a través de nosotros.
Son esos pobre, enfermos, perseguidos, alejados, los que más tienen necesidad de la Misericordia Divina.
Y en el tiempo del castigo esos deben ser protegidos, defendidos, ayudados y consolados.
La Virgen nos pide en sus mensajes que vayamos a recoger a los más débiles, a los más pequeños, a los más frágiles, a los dolientes, a los más alejados y perdidos.
Hay que ir por ellos y llevárselos a la Virgen.
Porque estos son los tiempos de la Virgen. Es la Virgen la que está obrando en todas partes para que el hombre retorne a su Dios.
Por tanto, son los tiempos del gran retorno.
Sólo a través de la Virgen María se llega a Dios.
Si Dios no hubiese enviado a su Madre, al hombre le hubiera sido imposible retornar a Dios.
Pero ahí esta la Madre, que con su acción materna en todas la partes del mundo, hace que el hombre despierte de su pecado y vuelva a su Dios, que es siempre un Dios de Salvación.
La Madre nos trae el Amor infinito del Padre que quiere ser deramado sobre toda la humanidad. El mensaje del Padre es hacer una nueva creación, donde no exista el pecado y donde se dé gloria a Dios Uno y Trino.
También la Madre nos trae el triunfo de su Hijo Jesús. Jesús tiene que reinar en este mundo con su reino espiritual, nunca terrenal. En ese reino se manifestará con todo su augue la Misericordia Divina. Las almas buscarán a Dios y vivirán para él y todo lo que construyan en la tierra sólo servirá para alcanzar la salvación. Nunca más una civilizacíon en la que predomine la muerte y el pecado y la condenación como la nuestra.
Jesús va a instaurar su Reino. Y la creación volverá a ser algo nuevo, donde Cristo será glorificado por todos.
Y la Madre nos trae también el fuego del Espíritu Santo. Un fuego que todo lo abrasará y lo transformará; un fuego que santificará y renovará la tierra y todos los corazones. Que abrirá los corazones a una nueva realidad, la de Dios, la espiritual y que , por tanto, conducirá a todas las almas a una plenitud de santidad y de Gracia.
Todos en ese tiempo glorificarán al Espíritu Santo porque nos llevará a todos al más grande amor al Padre y al Hijo.
Podemos concluir que estos son los tiempos de la gran Misericordia porque en ellos se producirá el triunfo del Inmaculado Corazón.